Cuentos

Atrapamoscas

Atrapamoscas - Robert Musil
Robert Musil

El papel atrapamoscas mide aproximadamente treinta centímetros de largo por veinte de ancho; está cubierto por una capa de veneno amarillo y su origen es Canadá. Cuando una mosca aterriza sobre él -sin demasiado entusiasmo, más bien por inercia, dado que hay tantas otras allí- se pega primero por la punta de las patas.

Vidas imaginarias

Vidas imaginarias - Marcel Schwob
Marcel Schwob

Schwob inventó un método curioso. Los protagonistas son reales; los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos. El sabor peculiar de esta obra está en ese vaivén. Jorge Luis Borges El arte es lo contrario de las ideas generales, describe solo lo individual, no desea sino lo único. No clasifica, desclasifica. En tanto como a nosotros atañe, nuestras ideas generales pueden ser similares a las que rigen en el planeta Marte y tres líneas que se cortan forman un triángulo en todos los puntos del universo.

Cuentos de Pompeyo

Cuentos de Pompeyo - Leo Maslíah
Leo Maslíah

El Prof. Abraham Rivadeneira afirma en su prólogo a Cuentos de Pompeyo: "Prototipo de nada, Pompeyo De Armas y Sotomayor lo es quizá también de todo lo que no sea algo. Las historias aquí recogidas ayudan a armar no sólo el rompecabezas de su rutilante trayectoria, sino también el de la profunda huella que, con irreverente desparpajo, dejó su andar sobre quienes lo conocieron o tuvieron noticia de él en el mundo académico, las esferas de la alta sociedad, los poliedros irregulares de la baja, el ámbito gubernativo o los clubes de teatro.

La mujer loba ataca de nuevo

La mujer loba ataca de nuevo - Leo Maslíah
Leo Maslíah

En La mujer loba ataca de nuevo se reunen cuatro relatos, uno de ellos inédito, "El estudiante"; los otros, publicados en la década del '90: "La mujer loba ataca de nuevo"; "El viaje de Sonia Doris" y "Jaus Romo". "(…) Entré a esperar el café en mi recinto, una pequeña oficina separada del resto de la sección por mamparas de vidrio. La bandeja de asuntos pendientes estaba vacía, así que luego de lamentarme por no haber traído la novela policial que estaba leyendo, me puse a pensar en si para rascarme el testículo izquierdo era más conveniente usar la mano izquierda o la derecha. Mi disquisición dio como veredicto que era la izquierda, pero cuando al pasar a la faz ejecutiva movilicé esa mano me di cuenta de mi error: con esa mano nunca habría de poder dar por bien rascado el testículo. Tenía que ser sí o sí con la derecha. De lo contrario pocos minutos después sentiría seguramente una cosa como de incompletud, que habría de llevarme a poner todo ahí abajo definitivamente en orden con esa mano que no sólo lo es por su forma –en mí, que soy diestro–, sino porque es la única que sabe asumirse a sí misma plenamente como tal. (…)"

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