Leo Masliah

Cuentos de Pompeyo

Cuentos de Pompeyo - Leo Maslíah

El Prof. Abraham Rivadeneira afirma en su prólogo a Cuentos de Pompeyo: "Prototipo de nada, Pompeyo De Armas y Sotomayor lo es quizá también de todo lo que no sea algo. Las historias aquí recogidas ayudan a armar no sólo el rompecabezas de su rutilante trayectoria, sino también el de la profunda huella que, con irreverente desparpajo, dejó su andar sobre quienes lo conocieron o tuvieron noticia de él en el mundo académico, las esferas de la alta sociedad, los poliedros irregulares de la baja, el ámbito gubernativo o los clubes de teatro.

El crucero Yarará

El crucero Yarará - Leo Maslíah

El Crucero Yarará, que inició la saga continuada con La décima pista y otras, fue publicada por Trilce en 1991 con el título Zanahorias. Esta edición, retocada, le restituye su título original. Puede que alguna vez, entonces, La décima pista aparezca como Brisas del Arapey, aunque partes de su argumento hayan sido fruto de haberse llamado Zanahorias la presente. Es que aquí la acción se desenrolla a partir de palabras y frases usadas en lo ya contado (por ejemplo, el nombre del crucero, "Yarará", surge de la palabra "crucero", que remite a la víbora llamada "crucera"). El autor se sitúa en un plano de conciencia lingüística que abre el juego de la literatura, en un viaje hacia horizontes más amplios que los del viejo truco de hipnotizar al lector para hacerle creer, por un rato, que pasaron cosas que no pasaron. No sea estúpido y saque usted también su pasaje. El Crucero Yarará zarpará.

La mujer loba ataca de nuevo

La mujer loba ataca de nuevo - Leo Maslíah

En La mujer loba ataca de nuevo se reunen cuatro relatos, uno de ellos inédito, "El estudiante"; los otros, publicados en la década del '90: "La mujer loba ataca de nuevo"; "El viaje de Sonia Doris" y "Jaus Romo". "(…) Entré a esperar el café en mi recinto, una pequeña oficina separada del resto de la sección por mamparas de vidrio. La bandeja de asuntos pendientes estaba vacía, así que luego de lamentarme por no haber traído la novela policial que estaba leyendo, me puse a pensar en si para rascarme el testículo izquierdo era más conveniente usar la mano izquierda o la derecha. Mi disquisición dio como veredicto que era la izquierda, pero cuando al pasar a la faz ejecutiva movilicé esa mano me di cuenta de mi error: con esa mano nunca habría de poder dar por bien rascado el testículo. Tenía que ser sí o sí con la derecha. De lo contrario pocos minutos después sentiría seguramente una cosa como de incompletud, que habría de llevarme a poner todo ahí abajo definitivamente en orden con esa mano que no sólo lo es por su forma –en mí, que soy diestro–, sino porque es la única que sabe asumirse a sí misma plenamente como tal. (…)"

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